“Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso”, dice Borges en El hilo de la fábula (1984). Poco más de 2.000 años separan al minotauro de ese relato, de la misma criatura con cuerpo de hombre y cabeza de toro que describió Apolodoro de Atenas en el siglo II a. C. Por milenios, hemos poblado los espacios inexplorados, de los mapas y de la mente, con la ayuda de fascinantes y espeluznantes criaturas. Y hoy, que todo parece haber sido descubierto, los mantenemos confinados en los lugares más inhóspitos: aguas profundas, selvas espesas o nieves perpetuas. Desde ahí, tan cerca y tan lejos, nos recuerdan, en su anormalidad, los límites de la naturaleza humana. Como declaró el director mexicano Guillermo del Toro al ser premiado por su cinta La forma del agua: “Son santos patronos de nuestra maravillosa imperfección, permiten y personifican la posibilidad de errar”. En este número, acudimos a cuatro autores para que exploraran criaturas icónicas del bestiario de la humanidad en esquinas distintas del mundo, para entender cómo los monstruos nos cautivan, nos espantan y, sobre todo, nos habitan.