Si el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo, nos preguntamos también si un toque en la campanilla de la recepción del Gran Hotel del Paraguay, en Asunción, puede oírse en el Grand Hotel Taipei. ¿Puede encontrarse una misma reliquia histórica en Jalan Surabaya en Yakarta y en el Mercado de las Pulgas de Bogotá? ¿Se siente el mismo viento en la cara al navegar el Estrecho de Magallanes o el lago Baikal? Inauguramos en esta edición una serie de historias cotidianas en lugares totalmente opuestos del planeta, ubicados el uno a los pies del otro (si se pudiera abrir un hueco y cruzar la Tierra por el centro) y separados por 20 mil kilómetros de un viaje que puede tomar aeropuertos, carreteras y mares. Desde dos extremos, esta es otra forma de ver cuánto tenemos en común.

JAZZ EN UN CAFÉ DE MADRID WELLINGTON

La gran sorpresa del Café Central, un local de enormes ventanales a la transitada Plaza del Ángel de Madrid es que, acompañado de instrumentos, pequeñas mesas de mármol blanco y tazas de café, se erija un piano de cola con la tapa abierta esperando que comience la música. A su alrededor, enormes espejos recubren las paredes, bajo un artesonado art déco descolorido, recuerdo de su pasado como tienda de marcos y molduras.

Las estanterías repletas de botellas lucen rojas y amarillas bajo el reflejo de los neones. De pronto, la música comienza y el público guarda silencio, inmóvil, tan cerca del escenario que las copas vibran.

Entra primero el saxo, al que se le unen la batería y finalmente el piano en una improvisación de jazz maravillosa. Durante 13 mil noches, el Central ha sido el escenario para los artistas nacionales y los genios de aquel Village neoyorkino que en los 80 reinterpretaron un estilo musical que bebe continuamente de su pasado. Desde 2002, la revista DownBeat lo considera uno de los mejores clubes de jazz del mundo. Sin embargo, el gran hito del Central no es ese, sino llevar 36 años vadeando crisis y todavía seguir vivo.

“El Central es una criatura inverosímil. O un milagro”. Habla Nanye Blázquez, uno de los cinco jóvenes que en los 80 se proponía luchar contra lo que quedaba del franquismo a través de la música. El local que vio tocar a Don Pullen y George Adams durante 14 días seguidos en una improvisación sobrecogedora, no encaja en ningún formato legal y su cierre ha sido inminente varias veces. Todavía no saben por qué siempre se salva.

“El barrio de las Letras ha pasado en estos años de ser un nido de asaltadores a formar parte de la encrucijada del espectáculo del centro de Madrid”, repite Blázquez. Desde allí el Central perpetúa, en un barrio repleto de locales iguales, una estética a caballo entre la elegancia y la decadencia, y un formato fuera de lo común: por la mañana, cafés; a mediodía, menús; por la noche, cenas, copas; y conciertos todos los días del año.

La apuesta del Central siempre ha sido por la música en vivo. Sus creadores eligieron el jazz por pasión, pero también porque les resultaba imposible ignorar aquella música que había sido la banda sonora de dos guerras mundiales y el canto de liberación de muchas causas. Saben que es minoritaria pero su local se llena cada noche. Frente a un futuro tecnológico y donde la música en vivo solo permanece en festivales, el Central se enciende cada noche con el sonido de los instrumentos para no dejar que el jazz se muera. Cuando desaparezca el Central, los amantes de la música habremos perdido algo para siempre.

Si —como dicen los indígenas australianos— la música es un edificio, el Café Central será siempre para el jazz parte de su basamento.

PUNK EN UN CAFÉ DE WELLINGTON MADRID

En un mundo de cafés perfectos, listos para la foto de Instagram, de paredes blancas, pisos rústicos de madera y plantas perfectamente cuidadas en materas cerámicas, el Midnight Espresso parece extraterrestre. Fundado en 1989, siempre ha sido fiel a sus raíces enterradas en la estética punk. Desde las luces estroboscópicas de la máquina de pinball en el centro, hasta la mesa hecha de un antiguo juego de Space Invaders y el sistema de sonido que se debate entre la música de Talking Heads o el hip-hop de los años 90, siempre a todo volumen, este lugar es un nostálgico homenaje al espíritu revolucionario de una época.

Midnight Espresso es colorido, ruidoso y siempre atestado. Sus paredes albergan piezas disonantes de la cultura de Nueva Zelanda: murales de pájaros kiwi, obras de artistas nativos y afiches de conciertos. Cuando atraviesas una puerta en dirección a los baños, luces ultravioleta iluminan un tapiz de dioses griegos que brilla en la oscuridad junto a símbolos maoríes. Los asientos del bar están pintados de leopardo y flores frescas parecen crecer entre tortas y sándwiches en exhibición.

¿Por qué cambiar algo si funciona?, dice el dueño, Hamish McIntyre, quien lo ha administrado desde que lo compró en 1999. El lugar es un ícono, famoso por abrir hasta altas horas, tener una amplia oferta vegana, vegetariana y sin gluten, y con precios que poco han cambiado con el paso del nuevo siglo. McIntyre dice que le resulta rentable. “Trato de no pensar mucho en eso”.

La cultura de cafés en la capital de Nueva Zelanda es sumamente competitiva: la gente va a donde el café sea realmente bueno. Eso implica que los góticos tatuados y punks que esperarías encontrar en el lugar, varios de ellos trabajando en la cocina o como baristas, comen junto a estudiantes, familias y turistas. Se trata, además, de una ciudad compacta, que te permite caminar a donde quieras. En los cafés se refleja justamente esa vida sin pretensiones: puedes estar haciendo fila junto a miembros del Parlamento o celebridades locales del cine y la televisión. Al fin y al cabo, parece como si todos se conocieran con todos. Esto ocurre también en Midnight Espresso: los primeros dueños fueron al colegio con McIntyre.

Wellington no es precisamente la ciudad que nunca duerme. Después de la nueve de la noche existen muy pocas opciones para cenar. Midnight Espresso abre hasta las tres de mañana.

Converso con los clientes en una tarde de verano: Rosie, de rastas azules, dice que este es uno de sus escondites favoritos de toda la vida —agrega, además, que la comida es buena—.

Al tratarse de una ciudad atravesada por una falla tectónica, Wellington se encuentra siempre en riesgo de sismos. Para reforzar la fachada del lugar y la seguridad de una de las calles más transitadas de la ciudad, McIntyre espera reunir dos millones de dólares. Pero el riesgo tampoco lo perturba. Está convencido de que Midnight Espresso sobrevivirá a lo que traiga el futuro.

antipodas, avianca ne revista