Por ellas,

PARA TODOS

No es tan fácil ponerle un título a este especial. Parte de la ‘sororidad’, una palabra que no solo suena cada vez más sino que tiene una fuerza mayor: reúne esfuerzos de trabajo en comunidad entre mujeres. Aquí, con introducción de Leila Guerriero, ocho de ellas cuentan sus historias desde la política, el periodismo, las artes, los derechos laborales, los hogares, el medio ambiente...

LA PALABRA INCÓMODA
Texto: Leila Guerriero

Periodista y escritora argentina. Autora de Frutos extraños, Plano americano, Zona de obras, entre otros.
La letra ‘r’ traba dos veces su engranaje interno y obliga a un titubeo raro, haciendo que la pronunciación resulte incómoda: so-ro-ri-dad. La palabra, de hecho, designa un traspié, un fastidio en el funcionamiento tradicional del engranaje: proviene del latín “sor”, hermana, y se define como “hermandad entre mujeres”. La antropóloga Marcela Lagarde la empleó para definir “una amistad entre mujeres (...) que se proponen (...) reivindicar la complicidad femenina, teniendo por objetivo (...) progresivos cambios sociales”. La periodista peruana Gabriela Wiener dijo que es “la amistad entre mujeres que ni siquiera son amigas”. Podría resumirse en aquello de “uno para todos, todos para uno”, si no fuera porque el lema chorrea testosterona (asociado como está a Los tres mosqueteros, tan varones), pero también porque remite a un espíritu de cuerpo del que la sororidad carece.

La sororidad no es —no debería ser— la creencia de que todas las mujeres son buenas. No es —no debería ser— la convicción de que las mujeres son siempre víctimas marianas de los hombres. No es —no debería ser— la idea de que los hombres son el enemigo. Es, en cambio, un arco de prejuicios y estereotipos desmontados —por las mujeres, en favor de las mujeres—, que van desde lugares comunes nada inofensivos (“te veo nerviosa, ¿estás en esos días?”) hasta granadas de mano cuyas esquirlas destrozan a generaciones: “¿qué hiciste para que te pegara?”; “¿cómo estabas vestida cuando te violó?”.

Las mujeres no son ángeles, ni un ejército uniforme dispuesto a romper lanzas por cada una de sus pares (¿alguien rompería una lanza por Dagmar Johanne Amalie Overbye, un asesina en serie danesa del siglo pasado que mató a unos 25 niños, entre ellos su propio hijo?). No todas se quieren, no todas se admiran. Pero así como no hay hombres arengando a masas de hombres para luchar por la igualdad o el derecho a decidir sobre sus cuerpos (porque no es necesario), sí hay mujeres luchando por la igualdad y el derecho a decidir sobre sus cuerpos, y pidiendo a sus pares —con mayor o peor suerte— que se les unan. Porque es necesario: porque nadie va a hacerlo por ellas. Mujeres que, teniendo salud, piden por la salud de las que no la tienen. Que, teniendo libertad, piden por la libertad de las que no la tienen. Que, teniendo derecho a no sufrir una ablación, piden por el derecho a no sufrirla de las que no lo tienen. O mujeres que, habiendo padecido todas esas cosas —falta de libertad, ablación, etcétera—, hacen algo para que ninguna de sus pares las padezca. Gracias a la sororidad es que, por ejemplo, existen movimientos como Yotecreo, y gracias a que existen movimientos como Yotecreo lo que hasta ayer era norma —no creerle a la víctima— empieza a ser aberración.

Mucho ha cambiado en los últimos tiempos. Pero, así y todo, aún hay que “explicar” los motivos por los cuales un hombre no puede moler a golpes a una mujer; los motivos por los cuales una mujer no puede ganar menos que un hombre si hace el mismo trabajo; los motivos por los cuales una mujer puede, al igual que un hombre, dirigir un club de fútbol. Cuando todos los derechos hayan sido adquiridos, cuando no haya cosas de mujeres y cosas de hombres sino de personas, la sororidad quizás ya no sea necesaria. En 1929, Virginia Woolf escribió el ensayo Un cuarto propio, donde decía: “dentro de cien años (...) las mujeres habrán dejado de ser el sexo protegido. Lógicamente, tomarán parte en todas las actividades y esfuerzos que antes les eran prohibidos”. Falta una década para saber si ese vaticinio se cumple. La sororidad no es la única forma de lograrlo, pero sin ella no se logrará jamás.

Marcelina Bautista
Fundadora del Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH)
México
Texto: Joseph Zárate
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Peruano. Ganador del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo 2018.

La muchacha. La señora que me ayuda. La chacha. La sirvienta. Marcelina Bautista dice que un día se hartó de que sus “patrones” la llamaran así. Se hartó de que las trabajadoras del hogar como ella —indígena mixteca, hija de campesinos, la tercera de doce hermanos— sean tratadas casi como esclavas con mandil: criando hijos ajenos, limpiando casas ajenas, sin un salario justo, sin leyes que las protejan, soportando insultos y vejaciones de las que ya no quiere acordarse. Marcelina conoció a demasiadas mujeres con historias parecidas desde que tenía 14 años, cuando dejó de su pueblo —Tierra Colorada, Oaxaca— para mudarse a la capital. Quería estudiar la secundaria y “sacar adelante” a su familia, así que empezó trabajando en casas, como sus tías. Desde ese momento, Marcelina siempre pensó que trabajar bajo ese maltrato no era normal. Que debía hacer algo por ella y por sus compañeras. Así que, gracias a grupos parroquiales, estudió castellano, llevó cursos de derecho laboral y junto a otras mujeres empezó una larga lucha que ya se ha extendido por América Latina. Hoy Marcelina —52 años, casada, sin hijos— es la fundadora del Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar (CACEH), primer sindicato de trabajadoras del hogar en México, un país con alrededor de 2,4 millones de trabajadoras domésticas. Ella trabaja para que el Estado y la sociedad reconozcan los derechos de sus compañeras, pero sobre todo para que ellas se capaciten y levanten su voz, apoyándose unas a otras. Hace unos años, por ejemplo, Marcelina organizó una encuesta para saber cómo ellas querían nombrar su trabajo. Ni chacha, ni sirvienta, dijeron ellas: somos trabajadoras del hogar. “El nuestro es el trabajo más importante de todos, el motor de la familia —dice Marcelina—. Durante mucho tiempo nos obligaron a ser sumisas. Ahora, juntas, somos más fuertes”.

Jessica Bennett
Editora de género de The New York Times
Estados Unidos
Texto: Vivian Lavín
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Periodista y escritora chilena. Ganadora del Premio Alejandro Silva de la Fuente.

Su inédito cargo es un gesto ético y también estético. El cambio iniciado con Jill Abramson en la dirección ejecutiva (2011), se consolida con Jessica Bennett y abre una nueva era en el tratamiento de la mujer y los temas de género en los casi 160 años de The New York Times.

Con una reconocida trayectoria como periodista, conferencista y autora del El Club de la Lucha Feminista: Manual de supervivencia en el trabajo para mujeres, Jessica Bennet dice que llega a romper muros, justamente cuando hay quienes buscan levantarlos.

No fue en su hogar en Seattle, sino en el campo laboral donde experimentó el “sexismo sutil” y, a veces, violento. Allí vio cómo las mujeres son víctimas de lo que llama la muerte por mil cortes: pequeños desangramientos diarios, acumulativos pero letales, como ser interrumpidas o ignoradas cuando exponen; que sus ideas sean atribuidas a otros, generalmente hombres o, que les pidan que tomen las notas o hagan el café y, luego, ser penalizadas si se niegan. En su libro enseña en tono irónico cómo enfrentarlos seria y de forma definitiva.

Ha hecho cambios. Como el newsletter #MeTooMoment, con análisis semanales; la sección Overlooked, sobre mujeres notables que nunca tuvieron un obituario o, desde su twitter

@jessicabennett, entusiasmando a las que opinen en las masculinizadas Cartas al Editor. “Mi éxito profesional lo debo, en parte, a las mujeres de mi Club de Lucha Feminista. Ellas me han ayudado en los momentos más complicados de mi carrera, apoyándome o, simplemente, haciéndome reír para evitar que llore”.

Francia Márquez
Activista y defensora de derechos humanos
Colombia
Texto: Germán Hernández Cáceres

Periodista colombiano. Ha sido editor y corresponsal de El País y El Espectador.

Desde el exilio obligado, Francia Márquez guía a las mujeres de su comunidad afrodescendiente para que, con prácticas ancestrales, conserven el medioambiente. Atrapada en la manigua de cemento, en Cali, repasa recuerdos al lado del río: tendría 5 o 6 años cuando acompañaba a su abuelo a atrapar peces que centelleaban en las noches de luna llena, mientras que en el día intentaban pescar, a mano limpia, el grano de oro nuestro de cada día.

“Crecí haciendo minería artesanal y, gracias a técnicas de generaciones de antes de la conquista, aprendí el valor de defender el medioambiente”, dice esta mujer de piel acanelada, nacida un primero de diciembre en La Toma, Cauca.

Treinta años después, esa causa es todavía su razón de ser. Cuando cumplió 15, participó en un acto que buscaba evitar la desviación del río Ovejas hacia una represa que causaba daños ambientales. “Me percaté de los derechos que teníamos para definir lo que queremos para nuestro territorio y desarrollo”, recuerda Francia, símbolo de la sororidad.

En 2009 lideró una marcha contra la minería ilegal hasta Bogotá y su valentía en la defensa del medioambiente hizo que el año pasado obtuviera el Premio Goldman. Desplazada a Cali, desde hace cuatro años, por amenazas, también trabaja con mujeres de la Asociación El Chontaduro, que busca recuperar el patrimonio afrodescendiente, y con la Fundación Lila Mujer, que agrupa a jóvenes que sufren del VIH. “Lucho con la alegría de haber nacido en el mes más feliz del año. Y es que lo último que una no puede perder es sonreírle a la vida”.

Salma Belhassine
Estudiante de derecho internacional humanitario
Túnez
Texto: Juliana Mateus Téllez
juliana.mateus

Periodista colombiana. En 2017 ganó el premio Amway de Periodismo Ambiental.

Esta activista tunecina de 22 años sueña con un mundo en el que las mujeres se sientan seguras en cualquier lugar. En el que salir de fiesta, hacer compras, usar transporte público o vestirse de determinada forma no sea un riesgo.

La estudiante de Derecho Internacional Humanitario y Derechos Humanos desarrolla desde 2017 Safe’Nes, una aplicación móvil que proporcionará seguimiento GPS a las mujeres que alerten sentirse inseguras en un lugar, videos para enseñarles técnicas de autodefensa y contacto con abogados que las orienten legalmente.

La idea surgió a partir de un taller del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), en el que Salma tuvo que pensar qué era lo que más le molestaba de su sociedad. “Mi respuesta fue inmediata: el acoso sexual. Somos estudiantes, todas caminamos por las calles y tomamos transporte público. Siempre nos enfrentamos a esta problemática”, dice.

Túnez cuenta con nuevas leyes que protegen a las mujeres en espacios privados y públicos, pero muchas de estas aún no se aplican. Según un informe publicado en 2016 por un centro de investigación tunecino, entre el 70 y el 90 por ciento de las mujeres expresa haber sido víctima de acoso sexual, principalmente en el transporte público.

Por eso, para Salma es importante trabajar por otras mujeres. “Soy una mujer y he estado en este tipo de situaciones en las que simplemente te sientes sin valor en este mundo patriarcal. No estoy lista para ser solo observadora”, afirma Salma, quien desde los siete años se cuestionaba sobre los roles de género en su familia que daba mejores oportunidades a su hermano por el simple hecho de ser hombre.

Ella es enfática en manifestar que para ese mundo ideal —el que sueña y por el que trabaja—es necesario que no solo las mujeres se encarguen de estos temas. “El feminismo debe ser global, no es un asunto de género. Es un trabajo de todos para hacer sociedades más justas y menos agotadoras”, concluye.

Joaquina Álvarez
Presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT)
España
Texto: Andrea Mejía andreamejia321

Literata colombiana. Es autora del libro La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad (2018).

Feminista desde pequeña, rebelde y curiosa por naturaleza, acostumbrada a vivir rodeada de varones, esta geóloga española es actualmente presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), una red de apoyo que aspira a contribuir con la participación plena de mujeres en la investigación, la ciencia y la tecnología. En una profesión masculina por tradición, todos sus profesores y muchos de sus colegas han sido hombres; ahora, afirma, en una comunidad científica femenina que ella misma ha buscado fortalecer, ha hecho “un montón de amigas”.

Su carrera como científica e investigadora es impresionante, con alrededor de 90 artículos y trabajos de investigación publicados en revistas científicas. Actualmente tiene una plaza como científica titular en Barcelona.

Como geóloga, Joaquina vive en el asombro ante una Tierra en movimiento, se ha consagrado a una ciencia que puede leer en las cordilleras y en las rocas la historia convulsa y vital de nuestro planeta, una historia dinámica que se despliega a una escala en la que los dramas humanos cobran sin duda otra dimensión. Sin embargo, como la visión científica del mundo no excluye cuidar de los asuntos a escala humana, Joaquina ha asumido la responsabilidad de ocupar un lugar en la búsqueda de la equidad y la justicia, del pleno reconocimiento de todos los seres humanos. El feminismo no solo es parte de esa búsqueda, sino que ha denunciado una igualdad vacía y neutra que no se traduce en la vida real de mujeres de carne y hueso.

Malgorzata Ratajska-Grandin
CEO de la organización geek girls carrots
Polonia
Texto: Sabrina Duque
sabrinaduquevgs

Periodista y escritora ecuatoriana. Ganadora de la beca Michael Jacobs de Crónica Viajera 2018.

Un día, a Malgorzata Ratajska-Grandin se le ocurrió crear una app para acompañar el embarazo. Esa app tan femenina la puso, de golpe, en un mundo poblado por hombres. En cada encuentro tecnológico al que iba, todo se nombraba en masculino. Los inversores. Los CEO. Los desarrolladores. Los programadores. Aunque el tema central fuese fertilidad, embarazo o pediatría, ella era la única mujer. Hoy, Malgorzata es CEO de Geek Girls Carrots, la mayor organización sin ánimo de lucro enfocada en la presencia de las mujeres en la tecnología. ¿El propósito? Que una mujer en un encuentro tecnológico no sea una anomalía, como lo fue Malgorzata en tiempos de Yagram Health, nombre de su app. Que estén como desarrolladoras, emprendedoras, inversoras.

Aparecer. Juntarlas. Tejer redes. Las Geek Girls Carrots son 14 mujeres en misión de sororidad en la comunidad tecnológica y de emprendimiento. Reúnen programadoras, analistas, gerentes de tecnologías de la información, especialistas en redes sociales y emprendedoras en reuniones, talleres o encuentros para conversar tomándose un café. Juntan a mujeres que inspiran a otras. Ponen en contacto a futuras socias. Además del equipo de 14, hay 70 voluntarias. Tienen 150 mentoras. Sus reuniones han ocurrido en 33 ciudades de Europa, Asia y América del Norte con unas 19 mil mujeres.

Lala Pasquinelli
Activista y artista visual argentina fundadora del proyecto Mujeres Que No Fueron Tapa
Argentina
Texto: Fernanda Trías
triasfernanda

Escritora uruguaya. Obtuvo el premio-residencia SEGIB-Eñe-Casa de Velázquez para escritores iberoamericanos.

A los cinco años, Lala Pasquinelli entendió que niños y niñas no somos iguales. Notó las diferencias en los juegos, los roles, la ropa. Y, además, sintió el miedo. “El miedo a lo que nos podía pasar en la calle, los lugares a los que no podíamos ir. Empecé a registrar que el marco de mi libertad era más pequeño que el de los varones”.

Lala Pasquinelli se define como “artivista”. Es abogada, pero siente que el arte es una herramienta de comunicación y transformación más potente, y que podía aportar más desde el arte que desde el derecho. Por eso se decidió a dejar la abogacía y explorar de lleno su lado artístico. En 2015 fundó Mujeres Que No Fueron Tapa (MQNFT), un proyecto para generar conciencia sobre la mujer-envase que muestran los medios, interviniendo (o “hackeando”) revistas por medio de collages que construyen imágenes de mujeres reales. A través de MQNFT, Lala trabaja con mujeres y adolescentes para reflexionar sobre quiénes somos, deconstruir los estereotipos femeninos y conocer las historias de mujeres extraordinarias y anónimas que no tienen lugar en los medios. El proyecto ganó tanta popularidad que, en el Festival de Hackeo de Revistas, participaron 500 escuelas de toda Argentina. “Si desde la infancia hubiera conocido las historias de mujeres que hoy conozco, el camino hubiera sido más directo y, sobre todo, menos doloroso”, dice. Lo que más le sorprende es constatar que mujeres de diferentes edades y condiciones sociales coinciden en lo mismo: “la vergüenza y el aislamiento que provoca no encajar en el estándar de belleza que se nos ha vendido como modelo de felicidad”. Para ella, el concepto de sororidad comienza por la empatía hacia otras mujeres, pero respetando nuestras diferencias. “Sororidad es ayudarnos, darle una mano a la que lo necesita, construir colectivamente”.

En sus talleres, Lala pregunta a las mujeres “¿a vos cuándo te encanta ser vos?”. Yo le pregunté lo mismo a ella: “Cuando escribo, cuando estoy en contacto con la naturaleza y cuando viajo”, me dijo. “Con mucho trabajo he logrado caerme bastante bien y, cuando no me caigo tan bien, poder reírme de eso”.

Esta Kiwazi
Profesional de seguridad alimentaria y ambientalista
Uganda
Texto: Fabián Mauricio Martínez fabiamauricio martinezg

Periodista colombiano. Finalista del Premio Latinoamericano de Crónica Nuevas Plumas.

En Uganda, África oriental, la mitad de la población es menor de edad. Alrededor de 23 millones de personas están entre los 0 y los 14 años. Esta muchachada —hijos e hijas de madres muy jóvenes— presenta una de las tasas de fertilidad más altas de la región africana y del mundo entero: 6,9 en la última década. La mayoría de los nacimientos en Uganda ocurren antes de que la madre cumpla los 20 años. En un país europeo como Italia, el índice de fertilidad es de 1,4, y se da en mujeres que se convierten en madres entre los 30 y los 34 años.

Ante los alarmantes niveles de mamás adolescentes y los bajos niveles de educación de las niñas, Esta Kiwazi —agricultora, 62 años, ambientalista y miembro de Bold Leader— trabaja desde hace varios años con las comunidades rurales de este país vecino del Lago Victoria. La misión de Kiwazi es garantizar los derechos de la población femenina y su empoderamiento socioeconómico y psicológico para mejorar sus condiciones de vida.

“La importancia de mi trabajo con mujeres la resumo con la frase del sabio estadounidense Brigham Young: ‘Educa a un hombre y educarás a un hombre… educa a una mujer y educarás a una generación’”, afirma Kiwazi quien durante 20 años enseñó ecología y matemáticas en distintos colegios de Uganda.

Una de las iniciativas lideradas por Esta Kiwazi es la de Mujeres Rurales. La organización benéfica, para madres entre los 12 y 30 años, lleva a cabo a través de programas educativos en agricultura, talleres de sexualidad reproductiva y la promoción de la música, la danza y el teatro, una reconfiguración social y política del país africano.

Gracias a liderazgos como el de Kiwazi, el gobierno de Uganda ha decretado políticas de género que han logrado que haya una mayor presencia femenina en escuelas y universidades. Además, las campañas de planificación familiar en este país en el que se habla inglés y suajili, han bajado la tasa de fertilidad —hoy se cuentan 5,5 niños por mujer— dándoles así perspectivas diferentes y renovadas a las mujeres ugandesas.

Créditos
Producción: Juliana Mateus Téllez.
Ilustración: Jhon Yalanda.
Diseño: Natalia Pinilla Morales.
Desarrollo web: Laura Naranjo.
Fotos: Jesús Cornejo, Sharon Attia,
Alejandro Villaquirán, Santi Palacios; Cortesía.